El arte de dirigir


Algunos periodistas cienfuegueros cubrimos hace pocos días el balance nacional de la Empresa de Transportación y Servicios a la Mecanización (Tranzmec), del Grupo Empresarial Azcuba. Ellos realizaron su propio diagnóstico sobre los cuellos de botella presentados en la actual zafra, así como una lista de 25 puntos en torno a los aspectos negativos de todo género manifestados durante el ciclo de molienda.

Sin menoscabar la importancia de los veinticinco indicadores precedentes, empero dejaron el de mayor significación —“falta de mando en los protagonistas de la zafra”— de último. Siendo esencial el asunto como lo es, la miembro del Comité Central y primera secretaria del Partido en Cienfuegos, revirtió el orden jerárquico y le concedió el realce debido. Ella dijo allí que “la falta de mando en los protagonistas de la zafra se remite directamente a cuadros y a su necesario nivel de exigencia, control y seguimiento para cumplir con eficacia lo indicado a partir de la observación de un sistema de trabajo”.

Fue más lejos aún e hizo una lúcida asociación entre mando e ideología, que dio pie al siguiente análisis general por parte del columnista:

Tomar el timón de una nave, capitanearla a puerto seguro en medio de marejadas procelosas, siempre ha sido una labor difícil que, pese a las técnicas implícitas en ese verdadero arte que es comandar dicha travesía, lleva aparejada un volumen imprevisto —y por regla notable— de elementos inéditos, de situaciones tan novedosas como complejas que se yuxtaponen al decurso de los hechos y variaciones en la nervadura social.

La labor político-ideológica será vital en tal sentido, en tanto de la ideología parte todo y desde sus atalayas se conducen los destinos o proyectos sociales a partir del entendido de suma colectiva en función de un ideal a partir de un fin común. De tal que la siembra, cosecha y riego permanente de la idea resultará la única tarea coadyuvante a germinar la añorada flor del compromiso y la entrega mancomunada en función de la causa.

Dirigir hoy en Cuba, y dirigir desde la trinchera ideológica, constituye tarea en extremo difícil, la cual precisa conducirse con los bemoles precisos y la fragilidad del arte de la filigrana, en tanto la nación no solo sigue sujeta a la inclemencia bestial de un bloqueo genocida que ni ha cesado ni parece va a hacerlo en un plano cercano con la administración Trump, sino que además todavía no ha alcanzado el grado de desarrollo económico que pueda instituirse —asido el planteo a la mirada de un imaginario colectivo menos dependiente de las creencias morales que las del bolsillo— en cuanto Fidel denominase en carta a Melba y Haydée de 1954, “una meta digna de cualquier sacrificio”.

El bombardeo incesante de mensajes preconizados por una guerra cultural que halla en Cuba flancos muy débiles en parte de un cuerpo social que no se nutre en su proyecto de pensamiento/vida ni de la conciencia social ni del legado patriótico histórico de una nación de tan magno aporte en tal sentido, tampoco fertiliza el camino para la realización de un trabajo generador de extraordinarios resultados colectivos en tal sentido. De tal que, con condiciones objetivas y subjetivas que en la mejor de las calificaciones podrían definirse de no particularmente buenas, es menester encauzar tal labor directiva a todas las escalas y alcanzar el nivel municipal con todo el epicentro-base.

Así, el dirigente político no solo precisará convertirse en un poderoso agente comunicacional, sino además, en intérprete del pulso social y exégeta de las circunstancias epocales que deberá asumir para proceder al constructo de un discurso donde la inoculación del mensaje ideológico no corra el riesgo de transmutarse a escuchas del receptor en “teque” y —en cambio—, articularlo sobre las lagunas o déficits de este en todos los ángulos.

Por ello, no solo habrá de redoblar su capacidad de escucha e incrementar sus niveles de sensibilidad. Asimismo, le será pertinente aumentar su sedimento cultural, con fuerte carga hacia el costado histórico y el estudio de coyunturas sociales de cierto interés para el caso cubano, aun cuando este no opere con arreglo a las mismas coordenadas. Nada fútil sería el acercamiento a procesos históricos recientes como las revoluciones de colores, la Primavera Árabe y el arcoíris político de la Europa del Este precedente al colapso soviético.

El cuadro político está obligado a tener una ininterrumpida inserción dentro del campo cultural, donde se mueven algunas de las ideas (pertinentes o no hacia la construcción de nuestro modelo, pero ineludiblemente atendibles dado el poder de transmisión de los representantes de este universo).

Por Julio Martínez Miolina

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