Tuve celos del mar


Una crónica de Ismary Barcia Leyva a propósito de celebrarse el 8 de junio, el Día Mundial de los Océanos, fecha instituida por la Asamblea General de las Naciones Unidas cuyo objetivo es reconocer la importancia de los océanos para la salud del planeta

Llegué hasta los celos. He llegado hasta los celos. Cuando todos duermen la mañana del domingo, se preparan el único opíparo desayuno de la semana en familia, o van en busca de los víveres necesarios para enfrentar los próximos seis días, ellos, mi esposo incluido, hace rato que desperezaron el día de descanso, adivinaron los itinerarios de la terminal, desestimaron la “botella”, o pagaron el último peso de sus exprimidos bolsillos para llegar a la costa.

Yo no le creía.

Es como una obsesión, que solo puede entenderse tal vez desde la carcinología, la ciencia que estudia los crustáceos.

Porque hace ya cuatro años que cual Crustacea, —del latín crusta, ‘costra’ y aceum, ‘relación o naturaleza de algo’—, uno de los grupos zoológicos con mayor éxito biológico y con más de 67 mil especies descubiertas—, decidieron unirse, y escogieron justo el nombre de quienes como los insectos en la tierra, dominan los mares: Los Crustáceos, y como ícono, el menos costoso y vedado de esos artrópodos: la jaiba.

 

Pero a estos —humanos—, no los estudia ningún erudito; ni clasifican en la nómina de una institución; nadie les facilita ni les gestiona la locomoción, con más de 30 kilogramos encima, —peso superior cuando están mojados—, entre tanques, lastre, reguladores, trajes de neopreno, chaleco, aletas, boquilla, tubos… que cargan sobre su exoesqueleto articulado, según asegura la ciencia de marras, compuesto de quitina, un carbohidrato, con suerte el único sustento cuando los integrantes del club emergen en la playa de Rancho Luna, a pocos kilómetros de la ciudad de Cienfuegos.

Cada semana, literalmente, llueven las llamadas después de llegar a casa del trabajo,—mientras yo imaginaba citas de “infidelidad”— para “la lucha” legítima por hallar quién les llene del vital aire comprimido, los 5 o 6 tanques, para quienes sus obligaciones de trabajo u hogareñas, les ceden el tiempo para sumergirse una o dos veces al mes.

Nada parece desmotivarles, posesos de irresistible atracción ¿masoquista?, para hundirse una vez más entre el laberinto, el Cable Inglés, la archiconocida patana, el camaronero, o en las aguas constitucionalmente libres enmarcadas en los predios del hotel Rancho Luna, donde se localiza el Notre Dame, que da notoriedad internacional a nuestras barreras de coral, tanto como a la renombrada catedral parisina.

Respetan las reglas de la inmersión: se prevé el recorrido y la profundidad, nadie puede bajar solo, sin dejar el indicativo a flote, ni con la resaca de una gripe, ni el sexagenario Paco sin los cristales graduados, que ingeniosamente patentarán su presencia en esas aguas al estilo del personaje humorístico de moda en el archipiélago, “Pánfilo”.

Ya bajo la cota cero de ese litoral no hay peces, se lamentan, y sí muchos pescadores submarinos y basura, que luego de cada inmersión intentan sacar a flote de regreso al mundo firme, tras los 45 minutos de placer que les permite su costoso hobby.

Tanto es así, que cuando llevan tiempo “sin mojarse”, suelen hacerse bromas como ponerse el traje bajo un aguacero y posar cual tritones, hasta que la recua de inconvenientes les vuelva a hacer coincidir, para relajarse, socializar, disfrutar bajo el mar, que los devuelve mejores seres humanos al mundo. Crustáceos sensibles que regresan a casa el domingo, a imprevista hora, sorteando todo infortunio, con mojados kilos de más, hambrientos, pero plenos… ¡“Y, yo, que tuve celos del mar”!

Una crónica de Ismary Barcia Leyva  a propósito de celebrarse el 8 de junio, el Día Mundial de los Océanos. /Foto: cortesía del Club de Buceo Los Crustáceos

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