La versión norteamericana sobre Girón


Para la mayoría de los historiadores en el país, la victoria alcanzada en Playa Girón en abril de 1961 colocó a Cuba en una posición de privilegio dentro del mapa geopolítico de la época. Supuso la primera gran derrota militar de Estados Unidos (EE.UU.) en América y la desmoralización del canon imperialista.

Sin embargo, poco se conoce acerca de la visión norteamericana en torno a su propio fracaso, pese a existir algunas referencias. En la temprana fecha de octubre de 1961, Lyman Kirkpatrick, inspector general del servicio en la Agencia Central de Inteligencia (CIA), realizó una valoración de los hechos que deja entrever cierta superficialidad al momento de planificar la acción desestabilizadora.

El informe —algo mordaz en su cuestionamiento— describe en 150 páginas las circunstancias que contribuyeron al descalabro desde los preparativos de la invasión. Por ejemplo, critica la formación del movimiento de exiliados cubanos en la nación norteña, patrocinado por la CIA. Ello generó conflictos de intereses vinculados, especialmente, con el alcance de las acciones a desarrollar contra la Revolución.

Tampoco puede olvidarse el contexto político imperante, caracterizado por los cambios en la administración de EE.UU. El 29 de noviembre de 1960, Eisenhower (todavía presidente) aprobó la operación, confirmada después el tres de enero de 1961. Una vez en el poder John Kennedy (el 20 de enero de ese mismo año), sucedió otra dilación.

No obstante—relata el escritor y periodista argentino Juan Gelman—, la CIA ya contaba con un importante grupo de recursos para el cometido. Había adquirido botes y aviones, establecido campos de entrenamiento en Guatemala y Nicaragua, negociado con gobiernos extranjeros, lanzado una campaña propagandística preparatoria, y discutido la posibilidad de un régimen provisional en la Isla. En Miami hasta funcionaba una base de apoyo.

El politólogo Atilio Borón alude también al reclutamiento de mil 500 hombres (aventureros, bandidos o lúmpenes) y a la creación de “unidades operativas”, maquinaria ajustada con el fin de consumar la intervención belicista. De hecho, la estrategia consistía en apoderase de unos 70 kilómetros de la playa en Bahía de Cochinos y esperar luego la adición de 30 mil opositores armados.

Pero la distancia entre pretensión y realidad resultó abismal. Las unidades enviadas rumbo al lugar del desembarco lograron el retroceso de los invasores.

Así, el 19 de abril, Kennedy ordenó el cese de los bombardeos, decisión que se tradujo en más de 100 bajas a la tropa intervencionista y en cerca de mil 200 hombres encarcelados, aunque desde la perspectiva norteamericana cuesta creer en la solidez del triunfo conseguido por un ejército de pueblo. De ahí la validez de consideraciones que, incluso en su tono justificante, enriquecen la comprensión del acontecimiento histórico.

Según Kirkpatrick, “la causa fundamental del desastre fue la incapacidad de la Agencia de darle al proyecto, a pesar de su importancia y del inmenso potencial de peligro que entrañaba para EE.UU., el manejo que requería: organización apropiada, empleo de personal muy calificado y dirección y control permanentes de la mayor calidad”. Tales insuficiencias resultaron graves omisiones en la estrategia esbozada.

Resalta la ingenuidad durante los preparativos de la operación, dado el escaso cuestionamiento sobre las posibilidades reales de éxito. Y por si fuera poco, la “marginación” del presidente, quien, aun enterado del objetivo, permaneció ajeno al proceso de concepción. Ni siquiera, apunta el inspector de la CIA, consta su aprobación y confirmación por escrito, pues nunca se llevó al papel un bosquejo del ejercicio militar.

Al respecto, Gelman señala que un escrutinio objetivo y oportuno del material de inteligencia hubiera demostrado la carencia de un movimiento clandestino organizado para unirse a la fuerza invasora; además de la potencialidad del gobierno revolucionario para responder al ataque y avasallar a la oposición interna.

Por eso cobran importancia los reproches de Kirkpatrick a la CIA, entidad que emprendió una operación militar abierta, sin calcular con exactitud los gastos de una invasión que, valorada inicialmente en 4.4 millones de dólares, superó con creces tal cifra, al alcanzar los 46 millones. Dinero que el invasor perdió en vano. Lo sabe.

Roberto Alfonso Lara

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