En el corazón de África o África en el corazón


Felipe Bustillo_L“Cuando era un joven estudiante de la especialidad de Epidemiología y conocí que existía una enfermedad en África llamada ébola, ni remotamente imaginé que me tendría que enfrentar a ella con el riesgo de morir”. Así comenzará algún día el relato autobiográfico del Dr. Felipe Delgado Bustillo sobre su estancia en Sierra Leona.

Quizás él, con 64 años en el momento de la partida, supiera mejor que los demás a qué se iba a enfrentar; Sri Lanka, Sudáfrica, el reino de Lesotho, Zimbawe y Ghana le tatuaron el continente negro -más por su suerte que por el color de la piel de su pueblo- en el cerebro y el sentimiento, durante casi 20 años.

Del contacto con Mandela guarda los más emotivos recuerdos: una foto y una carta de agradecimiento enviada por el querido Madiba del mundo a su familia, enmarcada y colgada en la pared en un sitio de honor. Esos objetos, no obstante su lugar preferencial, conviven en el hogar con otros muchos, conectados con la memoria de tiempos pasados, de gente buena y afectuosa, de lugares espléndidos, significativos, reales: una colección de fotografías -incluida la del momento cuando comenzó, según él, su historia (su boda)-, con no pocas tomadas por su cámara; otra de artesanías de diversas regiones del mundo, donde destacan las africanas; una piedra del Muro de Berlín; un guijarro de las afueras de un campo de concentración nazi; arena de playas cubanas; sillas de Zimbawe; un rinconcito dedicado a Ghana…

Toda esa experiencia acumulada se concretó de nuevo en un acto, tal vez como un relámpago inconsciente, cuando dijo “sí” a la proposición de partir de nuevo. Volvió a dejar su trabajo cotidiano en el Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología de Cienfuegos, donde labora desde la fundación de ese centro, poco después de la división político administrativa de 1976. Fue a dar a Port Loko -un pueblecito a 130 kilómetros de la capital, de calles recién asfaltadas y señalizadas, con “un corazoncito urbano donde están los mercados, el banco, los edificios de los dos partidos más importantes”, iglesias y mezquitas en la periferia, algunos árboles y “timbiriches” de tablas, mejores y peores, que se nutren del contrabando; minas de hierro que atrajeron a compañías inglesas, irlandesas, rusas y unos cuantos motelitos- enclavado en la geografía del “país del 70 por ciento (una expresión de su hermano, también médico y jefe de la misión en ese Estado): el 70 por ciento no sabe leer, el 70 por ciento no tiene corriente eléctrica, el 70 por ciento está malnutrido…”.

“África estaba en desgracia, había que ayudarla…Además, sentía un afecto por ella; lo siento, lo tengo. A mí me dicen: ‘¿Cómo te va con los negros?’ Y yo digo: ‘Soy negro (…) Nací en Cuba. Solo parecemos blancos'”, explica. No olvidará jamás la visión de la “Puerta del no regreso”, en Elmina, Ghana, un puerto utilizado por los portugueses para el comercio de esclavos durante los finales del siglo XV, el XVI y parte del XVII.

“Llegamos el 2 de octubre. Fuimos directamente a los lugares de residencia: unos hoteles con condiciones aceptables. El asunto era el trabajo; todavía no estaban las instalaciones creadas. Imaginé que iba a ser así. Esperaba encontrar desorganización, falta de recursos, infraestructura no lista… Entonces, empezamos a hacer prácticas en frío, a vestirnos y a desvestirnos entre nosotros”.

Ya conocían el procedimiento, pues lo habían practicado en el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK): “El uniforme grande, con el zipper hasta el cuello, con su capucha; dos o tres pares de guantes, el nasobuco, los espejuelos, las botas, la talla por dentro y el pantalón del uniforme por afuera. Se te revisa todo, que no quede ningún espacio de tu piel expuesto, y así estás 99 por ciento protegido.

“¿Qué sucede? Que ponerse esa cosa y soportarla una, dos horas, genera mucha tensión y es muy agobiante, porque da un gran calor y ese país es igual que el nuestro.
“Si cuando tú estás haciendo un proceder no te sientes bien y no lo anuncias, colapsas, te da fatiga o mareo, cometes un error. Por eso nosotros decíamos que había que cumplir todo y yo insistía mucho con el tiempo de exposición.

“Creo que eso fue una de las cosas del éxito de la brigada médica cubana: la preparación tan buena que tuvimos”.

No obstante, recuerda que muchos de los expertos contratados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para impartirles conferencias sabían mucho de la teoría, pero no de la práctica, si bien algunos, al menos, habían estado por cortos períodos en una sala de ébola.

EN UNA SALA DE ÉBOLA

“Tengo pendiente escribir, que lo tengo aquí (señala su cabeza): ‘En una sala de ébola’, cuenta Delgado Bustillo, quien se siente hijo de Cienfuegos, aunque nació en Sancti Spíritus. Pueden ser de distintos tipos. Por ejemplo, en Maforki, donde yo estaba, eran unas naves de la Cruz Roja. Se les añadieron otras edificaciones, con pisos de cemento, columnas de madera, improvisadas, con nylons, y una delimitación de la zona roja y la verde. Era un lugar rústico, con camas hospitalarias o catres sanitarios (con un hueco en el centro), porque la diarrea constituye una de las afecciones de la enfermedad.

“Es el principio de un ambiente hospitalario, pero no es un Hospital, sino un centro de tratamiento, más simple: están la cama, los portasueros, las sillitas para el enfermo…

“La psicología de esa gente es interesante: algunos eran muy tolerantes, aceptaban la muerte con una gran tranquilidad y otros eran muy expresivos, gritaban, se halaban el pelo. Yo vi más bien la expresión callada del duelo.

“Hay que atender a ese paciente: cargarlo, pasarlo de la cama 1 a la 2, o moverlo porque tienes que bañarlo. Hay una cosa muy interesante (…): médicos y enfermeros éramos lo mismo. (…) Ahí todo el mundo era igual porque todos tenían que hacer lo mismo. Incluso, el manejo clínico del enfermo no llevaba grandes modificaciones o análisis. Algunos de nuestro clínicos hicieron otros diagnósticos interesantes en el contexto de un sospechoso de ébola: meningitis, tuberculosis, VIH, una fiebre tifoidea, un cuadro enterocolítico… Pero a la hora de inyectarlos, limpiarlos, alimentarlos, canalizar venas, todos hacían lo mismo”.

El Dr. Delgado Bustillo, asesor de Epidemiología y supervisor del trabajo en la misión radicada en Port Loko, asegura: “Trabajamos muy bien con los ingleses, los norteamericanos, la OMS. Aceptaron nuestras recomendaciones, consejos, ideas (…)

Todo lo que se viene diciendo desde hace 50 años acerca de la colaboración médica cubana, ellos lo pudieron palpar”.

DOMINÓ

El Comfort Guest House fue concebido por su dueño para alojar a mineros rusos, pero entre octubre de 2014 y abril de 2015 albergó a los enfermeros y médicos cubanos radicados en Port Loko. El edificio no estaba diseñado para lujos, pero resultaba confortable.

“Teníamos corriente de siete de la noche a siete de la mañana, después se pudo negociar el horario de dos a cinco de la tarde. El agua se traía en pipas, todos los días, de un río. Claro, tomábamos de botella”. ¿El ambiente? “Mensajes para la familia, un dominó por allá, ‘te toca el turno a ti, a mí’, televisión, tertulias por la tardecita… Había dos dominós, de los de seis fichas, como se juega por Oriente.

“El centro de tratamiento quedaba a cuatro kilómetros del lugar de residencia. Una guagua de 27 plazas llevaba a los compañeros las siete y treinta de la mañana. Yo me iba con ellos o en el vehículo ligero de la dirección de la brigada y participaba en la entrega de guardia. Un enfermero nativo presentaba la situación de los casos del día anterior y ahí debatíamos qué hacer”.

EL PAÍS DEL 70 POR CIENTO

No poco se ha hablado acerca de cómo las tradiciones, además de las condiciones de vida de los pueblos africanos donde con mayor dureza golpeó el ébola contribuyeron al rápido esparcimiento de la enfermedad. Felipe cuenta una anécdota: un trabajador del sistema de salud de Sierra Leona, en un centro de tratamiento de ébola, le preguntó por qué había que lavarse tanto las manos.

“Hay mucha ignorancia, desconocimiento…No podían entender que la enfermedad se propagaba por contacto, sobre todo cuando el enfermo está en el período crítico o con los fluidos corporales el cadáver, que es donde existe la mayor replicación del virus. Por eso, a veces estaba todo en cero, o muy bajito, y, de pronto, ¡12 enfermos! Y es que procedían de una familia o un grupo social que había participado en un entierro clandestino. Es África, con su cultura: besan los cuerpos, los lavan y después se bañan con esa agua”.

DE REGRESO

“A veces creo que fue un sueño, al verme ya en mi entorno: en mi casa, en mi pueblo, en el Bulevar, arreglando el celular o buscando plátanos en La Plaza. Me digo: ‘¿y eso pasó?, ¿y eso lo hicimos?'”.

Por Taylí Sánchez Zúñiga

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