¿Respuestas para hoy?


AlinaLos cubanos sentimos a José Martí tan cerca como un ser familiar. Su aparición en nuestras vidas comienza desde que tenemos uso de razón: advertimos tempranamente su presencia en estatuas y en el busto blanco de la escuela, en lecturas de textos como La Edad de Oro. Vamos viendo que crece mientras los maestros y la sociedad toda nos van develando su descomunal dimensión. Hasta que un día descubrimos que es insondable y venerable, que no puede explicarse la cubanía sin él.

Está tan entre nosotros que acudimos a su pensamiento con suma frecuencia, porque sentimos que, sin que nos parezca una exageración, él lo ha dicho todo. Por eso una interrogante irrumpe de forma natural y no pocas veces en las conversaciones de esta Isla: ¿Qué hubiera hecho Martí en nuestro presente?

Las respuestas pueden ser múltiples, mas como cada cual tiene su Apóstol, yo tengo el mío y apegada a él asumo, para comenzar a imaginarme a ese hombre infinito en el hoy de Cuba, que su Habana —como me hizo ver un prestigioso creador cubano y martiano— no es tan distinta, en muchos sentidos, de la que ahora existe: en ella ha vuelto con una estridencia que me sabe a traza colonial el pregón; y en ella hay familias que perviven —a pesar de una Revolución a quien nadie puede negar su acción liberadora— con el fardo, también colonial, de una desventaja social en la cual fueron cayendo durante siglos por cuenta de la exclusión, la discriminación, la inseparable pobreza. Son las mismas que hace más de una década nuestros trabajadores sociales auscultaron al detalle; son los descendientes de nuestros ancestros esclavizados y explotados, esos entre los cuales Martí respiró y sufrió.

El triunfo de 1959, su generación protagónica y su líder Fidel abrieron la nueva temporada cuyo signo recurrente fue el aprendizaje de luchar y vencer. Se dieron pasos agigantados en pos de lo humano, se acrecentó lo intangible que tantos añoran en el mundo y que incluye logros como la paz, la armonía social y perseguir a toda costa la libertad y la justicia. Pero como nada es concluyente, como incluso la historia da tirones hacia atrás como el que venimos sufriendo desde finales de los 80 del siglo XX, un hombre como Martí estuviera ahora dando pelea en diversos espacios de la sociedad, movido por su afán de conquistar «toda la justicia». E inconforme, negador por naturaleza de toda mediocridad, resultaría incómodo, desquiciante para adocenados y taimados, para los resistidos al cambio y a las soluciones posibles. Martí estaría recordando desvelado que solo siendo bueno se puede ser dichoso, pero diría también que «en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno».
No descansaría: sería el poeta transido por sed de belleza. Escribiría sus versos del alma en algún momento del día, con o sin la luz del Sol. Sería amigo de hombres y mujeres de espíritu limpio. Se alegraría mirando a nuestros niños; tendría, de ser posible, una publicación permanente para ellos.

Me lo imagino impartiendo clases, enseñando a pensar. Lo veo escribiendo crónicas encendidas donde un lenguaje depuradísimo retrata el alma del cubano y nos apuntala la autoestima a la vez que, en honor a la verdad, destila una lamentación enérgica por el descuido de lo hermoso y lo elegante, porque muchos ya no hacen tiempo para leer, porque la vulgaridad acecha, porque en algunos hay mucha tienda y poca alma, porque ciertos aprendices de mercaderes deslucen el paisaje con la trampa, porque el pudor parece criatura huidiza, porque el arte fino y vital del equilibrio no se practica con rigor, porque la pereza —sabiendo él todo lo que podemos emprender— pretende ganarle el juego a la laboriosidad.

Estaría contento y orgulloso de respirar en un país con sustancia propia, que ningún pez grande ha podido engullir. Pero opinaría en la hora actual de Cuba, con respecto al acercamiento probable a Estados Unidos, que ellos, celosos de su libertad, nos despreciarían si no nos mostrásemos celosos de la nuestra; que ellos, que nos creen inermes, deben vernos a toda hora prontos y viriles, porque hombres y pueblos van por este mundo hincando el dedo en la carne ajena a ver si es blanda o si resiste, y hay que poner la carne dura, de modo que eche afuera los dedos atrevidos. Diría José Julián que en su lengua hay que hablarles, puesto que ellos no entienden nuestra lengua.

Martí siempre andaría apurado, soñando siempre con la nueva combinación de lo posible. No sería hombre fácil, no se detendría ante la negación inexplicable ni haría estancia en nimiedades, pues no se lo permitiría su afán, su desesperada lucha por el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

Por Alina Perera:  perera@juventudrebelde.cu

 

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