Cienfuegos: ciudad mía


Cienfuegos_LNos engaña. O al menos lo intenta. Esconde su edad como cualquier otra mujer ya pasada de años lo hiciera. Sin embargo, de nada le sirve ese esfuerzo, a no ser para sentirse viva, muy viva. Le delata su piel, aquellas arrugas acumuladas en muros y cúpulas; encima de los parques; corridas sobre teatros, palacetes e iglesias; asfaltadas en la calle…

196 años no se ocultan tan fácil. Parece utópico encontrar una guarida para casi dos siglos. El tiempo no lo permite; la memoria de la gente tampoco. Las horas nos lanzan a la convivencia: lo viejo y lo nuevo, lo moderno y lo antiguo, presente y pretérito en matrimonio.

Cuesta creer que naciera diferente. Sin Bulevar ni Prado ni Malecón. Apenas 25 manzanas extendidas desde una Majagua, referente natural de un parto que se antojaba insólito dentro de Cuba. Porque no fue preñado por los españoles, solo consentido. Fernandina nació francesa, de la mano de Don Luis De Clouet. Nadie, hasta ahora, ha podido demostrar lo contrario.

Aquel 22 de abril de 1819 comenzó a crecer. Lo hizo rápido, vertiginoso, con los vientos de la época a su favor. Ante el asombro de muchos devino ciudad: próspera y bella, bendecida por el mar a su acecho, testigo de su niñez, amigo en la juventud, bastón de agua que le impide caer en las ruinas.

Fernandina dejó de ser tal para convertirse en Cienfuegos, tributo al gobernador José María Cienfuegos Jovellanos, capitán general de la Isla. Otro de sus benefactores. Bajo ese nombre floreció. Abandonó la arquitectura primigenia para cultivar el neoclásico, la rectitud en paredes y columnas, la elegancia en la formas, la urbe en perfectas cuadrículas.

Su estilo le distingue. Le hace universal. Y aun cuando algunos se empeñan en desgastarla, en consumir con suciedad las avenidas, deslucir con porquerías el mar o mostrar indiferencia ante el edificio a punto de morir, ella tiene el don para seducirnos incluso con lo feo. Así de imponente resulta su belleza, motivo que alimenta el orgullo de quienes la defienden a ultranza, aunque le falten razones.

Quizás pocos quieran tanto a su ciudad. O la amen como se ama a una novia(o). O le acompañen en su deseo de esconder los años cumplidos. A fin de cuentas, la edad no importa cuando se quiere. El tiempo no cambia los sentimientos. El anhelo de sentirla siempre mía es perenne.

Escrito por Roberto Alfonso Lara

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cienfuegos, Cultura y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s