Los que enseñan a decir


El viejo Ryzard tenía razón: «Los cínicos no sirven para este oficio». Pero tampoco se han equivocado los que, a lo largo de los años, lo han descrito como una profesión de egos altísimos, de vanidad superlativa. Por eso, quienes han renunciado a minutos de su estrellato, a su crédito rotundo en la plana caliente, a su voz desafiante en la cruzada de los aires, a su imagen osada frente a la cámara, a su hiperconexión en la caótica web, quienes han puesto en la cima, digo, el humilde nosotros, sobre el ostentoso yo, para compartir el saber hacer de esta carrera, merecen tanta admiración y respeto.

Y uno, que ama la palabra bellamente concebida, pero más aún cuando hermana e impulsa, no puede sino recordarlos con tierna gratitud, y loar cuánto nos enseñaron.

Cerebro, corazón y otro órgano fecundante son las tres partes del cuerpo necesarias para hacer periodismo, nos dijo Roger Ricardo en la primera clase, y nos envició sin remedio a sus jocosas lecciones en las que unía la reflexión más académica con la picardía de guajiro holguinero. Miriam llegó después, con el timbre y la mesura justa, para decir sí a cada pregunta de sus pupilos y después desplegar como regalo el reposado arsenal de cultura y bondad que la distingue.

Hilda abrió ante los bisoños escribidores la enciclopedia magnífica de la metodología y nos mareó un tanto con la ristra de teóricos; pero después supimos que aquel mareo era solo el imprescindible primer paso de la lucidez. Enma se remontó con su filo verbal a los orígenes mismos de la civilización y dialogó magistralmente con egipcios y romanos y mayas y aztecas hasta entretejer la historia de la comunicación.

Julio escribió Ética en el pizarrón y comenzó una lección que aún nos dicta desde el olimpo de los buenos. ¿Cómo no recordar el dinamismo de Garcés, que convertía cada clase en un programa de radio? ¿O la osadía de Segura y Maribel para demostrarnos que la cámara era una coqueta y debía, antes que convencer, seducir?

Maritín lo decía todo con el tintineo de su apodo. Hormiga laboriosa y maternal que se ha echado a cuestas lo mismo mil despachos de agencia que decenas de tesis. Rayza llegaba con su dulce acidez para regañarnos cada mañana mientras nos ofrecía una soberbia lección vital de coherencia y compromiso.

De Milena, nos encantaba su Recio dominio del escenario y de Bermúdez, aquel aplomo para invitarnos a traspasar las imágenes en busca de los sueños. Shelly descorrió casi en un susurro generoso los entretelones de la web, y Juan Orlando encantó con el imán romántico de su literario parnaso.

Ah, Luis Sexto y su magia del estilo: orfebre de la palabra justa, del giro no esperado hacia los terrenos de la poesía.

¿Y los que vinieron después, pero rápido colmaron la facultad con su reciedumbre pedagógica?… ¿Alguien no ha pasado, a cualquier hora del día o de la noche, entre semana o en fin de semana, por el consultorio de humanismo y prensa de la Doctora Calzadilla? ¿Qué me dicen del torbellino creativo permanente de Zenaida Costales? (Lo que piensen al respecto, por favor, escríbanlo, conviértanlo en un artículo y a publicarlo en revistas referenciadas).

Otros tuvieron un paso fugaz, pero destellante. Arleen, conversadora y profunda; Felicia Cortiñas, casi sin voz historiando la dramaturgia radiofónica; Contreras: ego porte y aspecto de caballero chileno mostrando en la práctica la destreza para armar un comentario macizo. Y así los que no nos conquistaron en el aula, pero más tarde se han hecho cargo de entrenarnos en las redacciones, paneles, coloquios, tesis, demostrando a las claras su alma de profesores.

Mirta, la irreverencia fecunda; Eddy, agudeza y constancia; Nuria y Juan: fibra martiana conmovedora; Sarmiento: el tenaz laboreo; Irene: docta y firme en cada empeño; Estrella y Gladis, fieles y afables en la entrega; Rufino: fototeca cerebral insólita; Cabrales, en busca de la belleza deslumbrante.

De todos, también de los que se me olvidan en este rápido recuento y serán tan espléndidos que me perdonarán, absolutamente de todos es la culpa inmensa y adorable de que aun en un escenario-país bastante áspero y a contrapelo de los mil entuertos, los más jóvenes nos empeñemos en fundar una esperanza. Por eso, y por todo: Gracias.

(Palabras en el homenaje de la Unión de Periodistas de Cuba a los docentes en activo y jubilados de la Facultad de Comunicación, 9 de marzo de 2015)

Por Jesús Arencibia Lorenzo

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