Martí duerme sobre mi almohada


Martí_LPor alguna hendija de mis sueños lo he visto venir. Ha despejado la neblina que llena el espacio cuando duermo, retozado con las mariposas que vuelan sin cesar, vencido a los monstruos con cuchillos, saltado el hueco que me asusta… Ha ahuyentado a la oscuridad. Y allí, bien lejos de la madrugada, en la nube más cercana al sol, se ha sentado.

Aunque solo he advertido sus ojos, eso ha bastado para descubrirlo.Guarda en la mirada el rostro, que en mis sueños resulta el espíritu. Un extraño amasijo de sentimientos que suple lo físico y lo borda. Entonces lo he reconocido: Martí, el hijo de Leonor y Mariano; el alumno de Mendive; el amigo de Fermín; el padre de José Francisco… El Apóstol.

Su visita parece de improviso. En medio de espejismos, fantasías, ilusiones. En medio de pesadillas. Pero en el mundo de las siestas nada puede predecirse. Él ha borrado lo malo. Ha venido para evocar juntos lo bueno: el día lejano en que nos conocimos, en la fecha de 1993, víspera otra vez de su nacimiento.

Contaba apenas cinco años. No sabía leer ni escribir. Tampoco amarrarme los cordones en la mañana. Ni pintar. Ni rasgar las figuras geométricas que la maestra Julita quería fuese un cuadrado y mis manos convertían caprichosamente en círculo. Y de pronto, mamá dejó que viera aquel libro forrado, de hojas casi amarillentas, lleno de letras y dibujos raros.

De él brotaron relatos, poesías… Un mágico universo que aún pequeño creía irreal, quizás porque las historias de cementerios y muertos vivos eran, solo por el susto, más verosímiles en las nostálgicas horas de la infancia. Supe de Bolívar, Hidalgo y San Martín, a la vez que de Loppi y Masicas. De Miguel Ángel y Moliére, al tiempo que disfrutaba las travesuras de Meñique. Conocí de Homero y Bebé. De Piedad. De París…

Sin más pausas ni dilaciones en el camino, aprendí a leer. Aprendí temprano a descifrar aquellas uniones que mi madre transformaba en maravillosos cuentos y en apasionantes rimas. Aprendí el secreto de la lectura. Ese paraíso construido por los hombres para escapar del infierno. Acaso frustraciones o anhelos desechos en una realidad siempre desigual.

Y cuando nadie lo esperaba, yo, que no sabía pintar, ni abrocharme los tenis ni conseguir el recorte adecuado, empecé a recitar, de memoria, Los zapaticos de rosa: “Está la playa muy linda: / Todo el mundo está en la playa: / Lleva espejuelos el aya / De la francesa Florinda…”. Mamá lloraba, lloraba mucho. Mamá estaba emocionada. Los temblores de mi voz desgarraban los versos, procuraban llegar al final.

En ese instante, en las líneas más tristes del poema, en la esencia misma del recuerdo, sentí los pasos del olor, ese aroma codiciado en mis amaneceres. La nube quedó abandonada. Pasé fugaz al despojo, un vacío sin neblinas y huecos, desprovisto de mariposas y monstruos, de cuchillos y colores… Un terrible despertar sin él. Y mientras los labios enfriaban el café y el sol buscaba un resquicio en la ventana, pensé en las casualidades, en el sueño, en los antojos de la imaginación. Aquella obsesión de tenerlo cerca, víspera otra vez de su nacimiento, durmiendo conmigo sobre mi almohada.

Por Roberto Alfonso Lara, periodista del Cinco de Septiembre

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