El jonrón del rockero


serie54-cfgos-villaclaraHay jonrones y jonrones. Eso cualquiera lo sabe. Solo que ser testigo de uno de los primeros, esos que de un mandarriazo más que transfigurar el marcador trastocan la esperanza y la desilusión, es casi tan perfecto como presenciar la salida de una superluna en el cielo estival.

Porque un latigazo como el de Juan Miguel Soriano, que mandó tres carreras para la goma y convirtió en mueca la casi primera sonrisa de Villa Clara en el estreno del Campeonato Cubano de Béisbol, resultó una inyección de adrenalina en las venas colectivas del equipo Cienfuegos.

Es que los Elefantes son un equipo venido a menos, desangrado por abandonos definitivos como novia quedada ante el altar, por el que casi nadie apuesta un duro. Y hasta el jefe de la pelota en la Isla preferiría que se buscaran otro apelativo en lugar de su paquidérmica identificación, ganada a pulso por una generación que coqueteó con las mieles de la gloria.

Así y todo sus seguidores respondieron con una buena entrada al estadio en la tarde de lunes, sesión que se pinta sola para acudir a fábricas, labradíos y oficinas, pero que el imperativo del ahorro energético convierte en beisbolera a pesar del sol de septiembre, un horno capaz de pulverizar las piedras y ablandar las neuronas.

Sería por ver el equipo pletórico de nombres que aún no dicen nada al aficionado común y corriente, sería porque en el box de Villa Clara se trepaba Freddy Asiel Álvarez, protagonista de duelos legendarios con el ahora industrialista Noelvis Entenza, en la misma grama hace solo un año y medio. O sería porque el pitcher rival venía de cumplir una sanción de la cual nadie entendió su extrema severidad.

El caso es que el juego cerró sus primeros nueve innings con la pizarra que no le cabía un cero más, siete de ellos pintados por el brazo derecho de Freddy, el primer pitcher de Cuba hasta que lo pusieron a purgar la pena desmedida.

Un juego de esos, que sin la mácula de un error, el respetable agradece como un regalo del dios de los strikes.

Y Villa Clara, que tiene fresca su memoria de campeón destronado, quiere venir por la reconquista y decidido a no esperar por las veleidades de la Regla Schiler marca dos veces en la apertura de la décima y todo parece listo para sentencia.

Al milagro le hacían falta tres carreras y al optimismo galopante bravos corceles. Entonces se plantaron con el madero al hombro los hombres sobrevivientes de la manada desmadrada: Yusniel Ibáñez, y los tocayos Juan Miguel, Vázquez y Soriano. Al segundo JM por razones obvias le llaman El Rockero y esta vez rasgó el bate con saña, le sacó una melodía de metales aporreados a la pelota parabólica y causó uno de esos estados de frenesí que a veces suelen clausurar un concierto de hard rock.

Por Francisco G. Navarro (Foto: Aslam Ibrahim Castellon Maure)

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