Palestina, donde se puede saltar un muro en globos


1-gEl proyecto macabro de segregación llevado a cabo por Israel frente a los ojos del mundo es desafiado y vencido cada día con las armas del arte.

La serpiente de concreto marca también el asombro: del lado palestino, el lienzo de los artistas; en la parte israelí, el odio incoloro. Dos muros que son uno ha levantado Tel Aviv para asfixiar a sus víctimas: uno que rodea la ciudad de Jerusalén y bloquea su parte occidental y otro que estrangula a Gaza, pero lo que seguramente no calcularon los militares expertos en represión es que su engendro fuera combatido, también, con las inasibles armas de la idea.

Desde el 2004 creció, cual remedio de hidra mitológica, la muralla de 723 kilómetros de hormigón, vallas metálicas y alambradas que divide a la fuerza terrenos y familias. Desde el 2004, cual porfiados guerreros mitológicos, los grafitis del pueblo ripostaron.

El muro de nueve metros de altura entre Israel y Palestina se ha convertido en un tapiz inmenso que denuncia la mayor cárcel a cielo abierto que padece la humanidad.

Entre agresión e hidalguía, los combates se extendieron a este frente. Los primeros grafitis palestinos alentaban la lucha, informaban en clave horas y sitios de reunión y rendían honores a los caídos; mientras, Israel hacía lo que mejor sabe: prohibirlos.
Las paredes, hechas para acallar a todo un pueblo, en cambio, hallaron su modo de estimular la resistencia. «Es un gran lienzo, parece que te invita a hacer algo», refiere Khaled Hovani, el director de la Academia Internacional de Arte de Ramala.

Junto a activistas y gente solidaria, poco a poco llegaron los artistas. Banksy, el 2genigmático creador de arte urbano británico, pasó una vez —o dos, que con su ruta nadie puede estar seguro— y con sus pintadas nos hizo anhelar más la libertad de Palestina.

«¿Prohibido? —ironizó el creador—, no, claro que se puede pintar en un muro declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia». Después añadió: «Me pareció excitante transformar la estructura más degradante del planeta en la galería más grande del mundo». Y desde la cara palestina dejó su obra en nuestras manos.

Así, el hombre escurridizo de identidad desconocida que en su momento estudió técnicas de Houdini para entrar en pinacotecas del mundo a «colar» sus mensajes, el irreverente que colocó en el Louvre otra Gioconda (más) sonriente, la sombra disfrazada que colgó piezas propias en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en el londinense Museo Británico para fastidiar al sistema, el artista callejero más famoso del mundo, situó en los noticieros otra cara del ansia palestina.

Se dice que en Ramalá, mientras pintaba, soldados israelíes dispararon varias veces al aire, pero ninguna bala pudo matarle la idea: graciosas, irreverentes, ingeniosas y conmovedoras, sus obras invitan a recortar el muro por una marca de líneas discontinuas, regalan una escalera para escalarlo o abren ventanas al mundo mejor que merece ese pueblo.

Frente a la crispación y la ira, inevitables allí ante cada nuevo asesinato, las piezas que agrietan el muro a puro arte hacen guiños sobre la guerra y la libertad, sobre la muerte y la vida, sobre las alas y el sueño. La niña que cachea al soldado —poniendo el mundo al derecho—, la paloma con un chaleco antibalas —la razón de cabeza— y el luchador enmascarado que lanza flores en lugar de granadas —el camino más sabio—, siembran en los surcos morales del planeta valores que Israel no puede cercar.

3-gLas pintadas hablan de dos grandes temas: la vida en Palestina y el constante deseo de vencer el muro. Algunas ya no están, han desaparecido de las paredes —se perdió la playa con palmeras que invitaba a la paz tras un «agujero» en la muralla—, pero ello no asombra en un país donde cualquier día desaparece un ser querido. Con Israel velando la cerca, una pieza de arte puede considerarse estratégica baja militar.

El dolor también vende, por desgracia. En Cisjordania, varios tours ofrecen al visitante la vista de los murales, pero el que sepa mirar descubrirá al momento que las más hondas metáforas están en los ojos tras el velo, en el grito infantil, en el ceño envejecido a golpe de bombazos.

Quien recorra este mural, sea en vivo o protegido por los distantes hilos de la Red de redes, tiene el deber de echar a un lado los ojos de turista: lleve cargada la mirada, no con cohetes ni piedras —que no hacen falta a los combatientes en el frente del arte— sino con flores rompe-muros o liberadores globos palestinos.

El dolor vende. En la carretera que lleva a Hebrón pretendieron llevarse la obra que recrea a la niña y al soldado, reproducida varias veces. Por suerte la niña sigue allí, cuidando el mundo.
Muchos han comparado esta tapia con la otra, el difunto muro berlinés que en su momento —antes de su derrumbe en noviembre de 1989— también fue galería de grafitis. Muchos creyeron sin razón que aquel estrépito simbolizaba el fin de una guerra fría jamás descongelada y se llevaron sus pedazos, cual pétreos trofeos de batalla, a vitrinas de 40 países. Y piensan que el vencimiento de uno tiene algo que ver con la muerte del otro.

Pero no, el muro que taja a Palestina es otra cosa. Pregúntenle si no a Abu Yamin, el dueño de un puesto de guía turística y venta de suvenires que, a pesar de vivir de ese negocio, declara su deseo de cerrar su tienda para siempre porque significaría el fin de la agonía.

Pregúntenle si no al mismo Banksy, tan inglés y ajeno, tan célebre y anónimo. Mientras pintaba en Ramalá se le acercó un anciano y le dijo que sus piezas embellecían el muro. Banksy le agradeció pocos segundos antes de que el viejo replicara: «No queremos que sea bonito. Váyase a casa. Nosotros odiamos este muro».

Por Enrique Milanés León,   Fotos: Banksy.

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